The Lost Dreamer











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{20 febrero, 2012}   Crónica: Nada Surf en La Riviera

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{24 enero, 2012}   Nueva dirección del blog

Aviso a navegantes y suscriptores: este blog se hace un poquito más grande y se traslada a http://www.thelostdreamer.com. No me tomo la libertad de usar las direcciones de correo electrónico de las personas que estén suscritas para el nuevo blog, sino que quien quiera seguir recibiendo mis posts deberá suscribirse de nuevo. Las explicaciones del cambio están aquí. Espero que mi nuevo hogar sea de vuestro agrado. Muchas gracias a todos por leer y comentar.



Hoy ya a nadie le es ajena la historia de la madre coraje valenciana que mediante una colecta ha conseguido 7000 euros que permitirán al (infame) Centro de Investigación Príncipe Felipe (llegará un día en el que algún centro de investigación español se haga célebre por la ciencia que produzca y no por un ERE?) readmitir a la científica que investigaba la cura para la enfermedad de su hija. Muchas personas se han ofrecido para dar algo de dinero a esta iniciativa, que pretente conseguir 25000 euros para que se pueda completar la investigación.

Curiosamente todo esto coincide en el tiempo con la iniciativa #casillaCiencia, una petición de Actuable promovida por un científico español que pide lo siguiente:

¡Exige una casilla en tu declaración de la renta para poder dedicar un 0,7% de tus impuestos a la consecución de un mundo mejor!

La iniciativa lleva 10 días en marcha y parece estar siendo todo un éxito. Pues bien, tengo algo que decir sobre estas dos historias: NO ME GUSTAN.

Por supuesto, es muy loable el esfuerzo de la madre valenciana y la historia es enternecedora. Como anécdota está bien, pero como nada más. Ambas historias dan a entender una cosa: que la financiación de la actividad investigadora está abocada a hacerse con migajas, con limosna pura y dura, en lugar de con los presupuestos del Estado y de las grandes empresas, que es como está mandado.

Y no, no es de recibo poner una casilla para la Ciencia en la declaración de la renta. De hecho, nunca he comprendido que destinar el 0,7% de nuestros impuestos a la ayuda al desarrollo sea optativo. Me parece bien que haya una casilla así para la Iglesia Católica, igual que debería haberla para las demás religiones practicadas en España. Pero la ayuda el desarrollo y la investigación no se pueden sufragar con limosnas, una casilla opcional no vale. ¿Nos parecería bien habilitar una casilla para financiar la sanidad pública? ¿No, verdad? Pues tan obligación es para el Estado la sanidad como los grandes programas de Ciencia.

Por último, no quiero cerrar el post sin hacer una reflexión sobre la gente que se anima a poner algo de dinero en una colecta para la Ciencia pero que se queja de que le suban los impuestos, hace todo lo posible por evadirlos, considera inservible un Ministerio de Ciencia e Innovación (conozco a algún científico que defenestraba dicho ministerio solamente porque pensaba que ellos habrían sido mejores ministros que la Garmendia) o no apoya marcas y empresas comprometidas con el I+D. La Ciencia se financia con nuestros impuestos y con las empresas innovadoras. Es a ellos a quienes se debe apoyar para que los centros de investigación de este país dejen de hacerse célebres por sus recortes de plantilla.



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{22 diciembre, 2011}   Mi secreto para no odiar la Navidad

Muchos se esperarán una entrada llena de mordaces e hirientes comentarios muy propios, no lo voy a negar, de mi sarcástico carácter. Pero no. Lo digo en serio. Yo confieso que no odio la Navidad. ¿Cómo es eso posible, si soy una atea que se pasa el día metiéndose con todo el mundo? No ha sido sencillo: hubo un tiempo en el que yo también odié la Navidad. Por eso voy a intentar explicar qué hago para que no sea el mal trago del que todo el mundo se queja:

La familia que anuncia el cupón de Navidad de la ONCE lo tiene más fácil: ellos toman drogas en Nochebuena.

  • En primer lugar, he de admitir que mi familia es pequeña. Y no, no es que mi abuela tuviera pocos hijos o que murieran en masa. No. Es que nosotros todos los malos rollos navideños y familiares ya los hemos pasado. Ahora mi familia es muy pequeñita y se reduce sola y exclusivamente a las personas que quiero de verdad. En Nochebuena ceno solamente con mi madre y con mi tía, que son las personas con las que como los sábados. No necesito a nadie más, no hay malos rollos: solamente nos queremos y disfrutamos sinceramente de estos días. Obviamente mi familia es un poquito más que eso (no mucho: mi padre, un par de primos y poco más), pero el secreto está en que yo controlo cuándo y cuanto los veo: lo justo para estar a gusto con ellos, pero sin cargar. Es lo bueno de las familias desestructuradas: que puedes jugar a los LEGO con sus miembros.
  • Evitamos poner la tele. Últimamente se me ocurrió poner vídeos de Gila en Youtube mientras cenábamos. Fue todo un éxito: nos reímos con el maestro en vez de aguantar los programas insufribles de la televisión (ojo, además estos programas suelen tender a generar conversaciones desagradables y conflictivas). En general, o ponemos música o vemos algo que nos guste y nos divierta: ese es el asunto, hacer lo que nos guste.
  • La comida no es un martirio: es un disfrute. Estos días están para comer lo que nos gusta, ni más ni menos. No hay que pasarse días enteros en la cocina, solo hay que disfrutar. Por ejemplo, en casa hay tres cosas estúpidas que nos encantan: la torta del casar, el jamón ibérico y el salmón. Para Nochebuena, que además es el cumpleaños de mi madre, cogemos un poquito de cada (de calidad, ¿eh?) y ya tenemos media cena apañada sin necesidad de dejar la cocina como Sarajevo. En serio, se puede cenar de puta madre sin matarse: ¿que lo que más te gusta en el mundo son los huevos fritos con morcilla? ¡Joder, pues hacedlos! Si la Navidad está para estar bien y contento…
  • Los regalos: aquí viene otro tema espinoso. De nuevo, como mi familia es pequeñita, puedo darme el gustazo de elegir buenos regalos para cada uno de sus miembros, en vez de tener que comprar decenas de mierdecillas. Me gusta hacer regalos que sé que van a hacer ilusión a la gente y suelo elegir con esmero mis regalos navideños. Es un esfuerzo, pero merece la pena cuando le estás dando una pequeña alegría a las personas que más te quieren en el mundo. Creo que todo este proceso solamente se disfruta si realmente a uno le hace feliz currarse un regalito para otra persona.
  • Las pequeñas tradiciones: todas las familias tienen sus códigos, sus guiños, sus costumbres. Pero estas costumbres son un coñazo si no nos gustan: hay que encontrar rutinas, tradiciones que nos hagan felices a todos. Un postre, un villancico, el concierto de año nuevo, el discurso del rey… cualquier cosa puede constituir un momento precioso en el que sencillamente estés a gusto con los tuyos haciendo algo que a todos os guste.
  • Lo sé. Me vais a decir que vivo en los mundos de Yupi. Sé que no todo el mundo puede hacer estas cosas que digo: hay quien tiene que aguantar suegras inaguantables, padres bordes y sobrinos capullos. A esos poco os puedo decir salvo que intentéis encontrar las cosas buenas, porque la Navidad está ahí, y nadie va a libraros de ella. Al menos, en la medida de tus posibilidades, trata de hacerla lo más llevadera posible. Y si no, siempre puedes emborracharte.



    {21 diciembre, 2011}   Por qué dejo Ubuntu

    Ubuntu es un sistema operativo Linux que busca ser gratuito, libre y utilizable sin necesidad de tener conocimientos previos de Unix. No en vano, su lema siempre ha sido Linux para seres humanos. Hace algo más de dos años que lo uso habitualmente porque siempre me he sentido muy de acuerdo con la filosofía de que un sistema operativo básico para un hogar debería poder ser gratuito y de calidad. En este tiempo siempre he intentado promocionar dicha filosofía entre mis conocidos.

    En mi viejo Pentium 4 Ubuntu corrió como la seda, pero mi nivel de exigencia no era demasiado elevado. Cuando me hice con un ordenador nuevo pronto me di cuenta de que el software para Linux, cuando tienes unos horizontes mínimamente serios, deja bastante que desear. Además, Ubuntu no acababa de llevarse bien con mi nuevo PC.

    Cuando el pasado mes de octubre actualicé a la nueva versión de Ubuntu (11.10), todo se fue a la mierda definitivamente: tenía que arrancar el ordenador varias veces para que los discos duros entraran, VLC dejó de funcionar, mi librería de sonido se fue al carajo y las actualizaciones dejaron de funcionar. Llegados a este punto tenía tres opciones:

  • Buscar en Google hasta la extenuación, dar con la solución a mis problemas, abrir el terminal y meter comandos al buen tuntún y arreglarlo. Sé programar y si me diera la gana podría aprender a usar la línea de comandos de Linux. El caso es que no me apetece usar mi tiempo libre en eso.
  • Formatear la partición y reinstalar. Ojo que el sistema operativo lleva desde mayo instalado y el ordenador está nuevo.
  • Mandar Ubuntu a tomar por culo y pasarme a Windows 7, que al menos el sonido funciona sin problemas.
  • Así que puse varias cosas encima de la mesa:

  • En el último año y medio cada nueva versión ha funcionado peor que la anterior.
  • La ayuda no suele ser fácil de encontrar y está copada, en general, por una comunidad que desprecia a quienes queremos usar Linux sin comandos. Arreglar un error fortuito acaba siendo un dolor de huevos.
  • Salvo honrosas excepciones (como Banshee), el software libre compatible con Linux es cutrillo. Puedes customizarlo y mejorarlo… si te apetece pasar tardes picando código.
  • El afán por introducir cambios e innovaciones en cada versión (salen cada 6 meses, lo cual me parece poquísimo) hace que algunas novedades sean inestables y, a cambio, retrasan la solución de problemas más serios (como el endémico con las tarjetas de sonido).
  • Un usuario medio (como mi madre) no puede usarlo sin ayuda, de modo no cumple con su cometido. Al final solamente pueden disfrutarlo correctamente quienes ya tienen conocimientos previos de Linux.
  • Es por esto que elijo quedarme con Windows 7 hasta que la situación cambie o yo tenga dinero para comprarme un iMac. Lo siento por el proyecto, porque realmente me gustaba bastante.



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