The Lost Dreamer











Llevo muchos años despotricando de la agobiante falta de temas del cine español: grupo de amigos de treintaytantos y sus respectivos cuernos, matrimonios maduros con hijos conflictivos, parejas en desintegración… uf, que pereza. De vez en cuando vienen un Vigalondo o un del Toro a demostrar que no todos los thrillers exigen la presencia de Antonio Resines y que no hay una sola manera de retratar los terrores que el fascismo causó en nuestra tierra paro, tradicionalmente, la ciencia-ficción y la fantasía están vistas como géneros menores, incapaces de armar nada serio y con un target de cuatro frikis y varios niños.

Supongo que ello unido a lo elevado de los presupuestos necesarios para hacer unos efectos especiales decentes han echado atrás a la industria (¿cuántos animadores pueden pagarse con el sueldo de una sola de nuestras estrellas?), pero los hechos demuestran que cuando las cosas se hacen bien, la taquilla, la crítica y los Oscar responden. ¿Por qué, entonces, tanto miedo?

Toda esta reflexión me viene a la cabeza al blog porque el otro día fui al cine (!) a ver una película española (!!) de ciencia-ficción (!!!). Se llamaba Eva y me encantó. Ya leí a @oyejuan comentar en su blog que lo primero que se te pasa por la cabeza cuando empieza la película es que no parece española, signifique eso lo que signifique. No nos dejemos despistar por los numerosos (y magníficos) efectos especiales que pueblan el metraje para dar vida a los robots que aparecen en la historia, que visual y conceptualmente es sencillamente impecable (pedazo de títulos de crédito). Cualquier conocedor del género apreciará en esta íntima cinta la impronta de un buen conocedor de las Leyes de la Robótica de Assimov y los libros que las han dando forma, así como la delicada sensibilidad necesaria para contar una historia de padres, hijos, amores abandonados y miedo a la soledad de una forma diferente.

Lluis Homar: de lejos, lo mejor de la película

Eva me recordó mucho a una película de Steven Spielberg: Inteligencia Artificial, un truñazo insoportable (que empezó a demostrar la preocupante falta de rumbo del creador de E.T.) que no ha mejorado con los años y que versa más o menos sobre el mismo asunto: ¿seremos capaces de crear robots que imiten los sentimientos y emociones que producen los niños?; pero desde un punto de vista sensiblero, aburrido y pedante. La aproximación de Maíllo y su equipo (aparte de durar una hora menos) es simple, pero más sincera y sorprendente que la del midas estadounidense.

No destriparé nada sobre la trama, pero solamente apuntaré que cuando una película me aburre tiendo a pensar por mi misma y a adelantar y/o adivinar los acontecimientos que sucederán al final, o a desentrañar por mi misma el misterio de la historia, si es que lo hay. Mientras veía Eva no dediqué ni un solo minuto a verme venir lo que iba a suceder (aunque el final sea bastante obvio): dejé que la historia me meciera dulcemente sin sentir prisas por adivinar lo que estaba sucediendo, hasta que al final llegó a sorprenderme y enternecerme a partes iguales.

Por último, mención aparte merece Luis Homar: Goya al Mejor Actor Secundario YA por su deliciosa interpretación de Max, el robot doméstico que, con su contrapunto cómico, acaba por despertar los sentimientos más tiernos (él y no la niña) en el espectador. Un diez para él, y también una buena nota para Daniel Brühl, al que se le agradece el soplo de aire fresco que supone verle en nuestras pantallas. Poco más: vayan al cine, y vayan a ver Eva: es una película preciosa, bien hecha, y apta para todo tipo de públicos.



Envidia. Pura y dura envidia ante un talento incomparable que cada pocos años no puede evitar volver a sorprendernos, una y otra vez, con su inagotable universo personal y su sensibilidad para lo meramente bello. Envida es la única explicación para que los críticos de los principales periódicos de nuestro país despellejen (y nunca mejor dicho) como lo han hecho La Piel Que Habito. Especialmente hiriente es la crítica de Carlos Boyero en El País, en la que tacha de grotescos e involuntariamente cómicos algunos de los momentos más emocionantes del film. Por como habla y escribe, mucho me temo que el señor Boyero lleva años confundiendo su propia estupidez y la del público más básico con la palabra de Dios. Y va a ser que no.

Puedo comprender que la rebuscada y enfermiza historia relatada en La Piel Que Habito no guste a todo el mundo. Es normal, es un relato de por y para dementes. Pero de ahí a descalificarla a ella y a todo su equipo (director manchego a la cabeza, por supuesto) sin piedad, cuando vivimos en un país que ensalza a mindundis sin la más mínima sensibilidad como Alejandro Amenábar, me parece simplemente de vergüenza. De vergüenza porque, independientemente de la narración, técnicamente la película es un festival de belleza. La madurez de Almodóvar se demuestra en la perfecta geometría de cada plano, en el tratamiento del color y en el lenguaje corporal de sus actores: las escenas de Elena Anaya practicando yoga, el detalle de las alfombras vistas desde arriba, el color de la sangre en las escenas de laboratorio… todo en La Piel Que Habito rezuma estilo, buen gusto y saber hacer. La desgarradora banda sonora de Alberto Iglesias (disponible en Spotify) también contribuye a intensificar todavía más la experiencia de su visionado.

No voy a mentir: quien vaya al cine esperando ver al Almodóvar de Volver o de Mujeres Al Borde De Un Ataque De Nervios, va a salir echando pestes. Obviamente los detractores de toda la vida de Pedro también pueden ahorrarse la entrada. Pero a toda persona que quiera ver algo distinto, intenso, hermoso, bien hecho y que no le va a dejar indiferente, le animo a que pague su entrada y opine sobre la película. Con un poco de suerte puede unirse al club de dementes a los que La Piel Que Habito nos ha fascinado.



El Descendimiento, de Caravaggio, que podrá verse estos días en el Museo del Prado con motivo de la visita del Papa

Informa el Museo del Prado, que Benedicto XVI, en su infinita generosidad, nos ha traído un regalo préstamo alquiler a los madrileños y madrileñas: un maravilloso cuadro de Caravaggio último modelo, directamente venido de los (austeros) Museos Vaticanos. El cuadro tiene de todo: sus claroscuros, sus personajes teatrales, su Cristo pálidamente muerto al bajarlo de la cruz… joder amigos, ¡es el iPhone 4 de la pintura barroca!

El Museo presenta en sus salas El Descendimiento (Deposizione) de Caravaggio, excepcional obra maestra del artista que se conserva en los Museos Vaticanos. […] La extraordinaria oportunidad de mostrar esta obra en el Museo se ha visto favorecida por la próxima visita del Papa a Madrid con motivo de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ 2011), constituyendo su préstamo una especialísima aportación del propio Benedicto XVI a la ciudad que acoge este año la celebración de este encuentro. (Puedes leer la reseña completa aquí)

Y tanta generosidad, ¿a cambio de qué? Pues ya lo sabemos todos: los famosos 50 millones de euros que, entre el Estado y las desinteresadas empresas patrocinadoras, nos han estafado a todos los españoles para que este individuo, que condena el uso del condón en África y niega a las mujeres el derecho al sacerdocio, venga con sus fans a invadir nuestra maltrecha y adeudada villa.

Señor Joseph Ratzinger, a mi me encanta Caravaggio. Tengo todos sus discos, como quien dice. Pero El Descendimiento se lo puede ir usted metiendo por el culo, porque lo va a ir a ver su puta madre. Esto que están haciendo ustedes es una estafa, una pedorreta al sentido común de los ciudadanos que pagamos religiosamente (tiene cojones) nuestros impuestos para que venga usted a decirnos con quien debemos o no casarnos.

Por si no fuera suficiente con estafarnos todo ese dinero (¿cuántas becas de comedor, becas de libros de texto o profesores auxiliares podrían pagarse con ello?), nos trae usted una limosna. Un cuadrito de sus museos. Claro, todos sabemos lo que llevan usted y sus predecesores haciendo con el voto de pobreza durante los últimos dieciséis siglos. Lo han cumplido tan bien y lo han respetado tanto que ahora pueden permitirse ustedes prestarnos un Caravaggio. El alquiler les sale apañado: ganan ustedes 50 millones de euros y la dignidad de decenas de millones de contribuyentes. Todo sea por un lugar en el Paraíso ¿no?.



He cometido un error gigantesco y lo siento, pido unas disculpas enormes. Cuando esta mañana vi el desorbitado precio al que ebooks.com pretendía venderme A Dance With Dragons, despertaron al dragón y lo primero que hice fue escribir un post furioso. Cuando volví de comer y vi que tenía miles de visitas en la entrada empecé a plantearme si no la habría cagado. Intenté ponerme en contacto con ebooks.com para asegurarme de que todo esto no era un gran malentendido. Tardó unas pocas horas, pero finalmente obtuve la siguiente respuesta por parte de ebooks.com

Aaargh yes, how embarrassing. There was an issue with A Dance of Dreams pricing, but it’s now been fixed. The real price is 14.07! Sorry for the inconvenience – and thank you for the heads-up!

Lo cual, en román paladino es algo así como:

Aaaargh, sí, que embarazoso. Hubo un problema con el precio de A Dance of Dreams, pero ya está solucionado. ¡El precio real es 14,07! Sentimos las molestias y gracias por el toque.

No sé si es que el precio de A Dance With Dragons se les ha liado con el de algún libro llamado A Dance With Dreams o qué, pero yo hoy he llegado a unas cuantas conclusiones importantes:

  • Primero se pregunta y luego se postea. Fallo mío.
  • La versión ePub de A Dance With Dragons se puede comprar por 14 euros aquí. También se puede adquirir la versión para Kindle (que cuesta unos 11€ según dice la gente en los comentarios) y usar un programa llamado Calibre para convertirlo al formato que se quiera.
  • Los chicos listos compran Kindle. Los pardillos compramos los demás lectores. A base de leer comentarios he aprendido que Amazon es tan gigante que consigue vender todo siempre asombrosamente barato y que esa es la auténtica ventaja de su lector de libros electrónicos.
  • El poder de Menéame es incomensurable y Los servidores de WordPress.com son de adiamantum.
  • Dicho esto, a pesar de mi error, parece que se ha generado un debate muy interesante sobre el precio de los libros electrónicos. Mucha gente piensa que 14 euros todavía es un precio excesivo para una descarga digital, así que todavía queda mucho por decir sobre el tema.



    AVISO: Esta entrada contiene errores. Lee la RECTIFICACIÓN aquí.

    La web de ebooks.com, que vende A Dance With Dragons en formatos alternativos al Kindle

    Una captura de la web de Amazon.com esta misma mañana con el listado de precios de A Dance With Dragons

    Sí amiguitos, hoy se publica A Dance With Dragons y yo, inepta de mi, había decidido comprármelo en formato electrónico por una simple cuestión de que mi lector de ebooks (un maravilloso Scriba de Woxter) pesa la décima parte de lo que pesa la edición impresa. Empieza el circo: me voy a Amazon sin mucha esperanza y compruebo que la única versión electrónica que venden es la compatible con su Kindle. Pero lo peor no es eso: lo peor es comprobar que la edición digital es más cara que la de tapa dura (sin contar con los gastos de envío). Esto es, me gasto 200€ en el aparatito, tu te ahorras el papel, la tinta, las tapas y la gasolina y encima me cobras más. Amiguitos editores, ¿os creéis que yo soy gilipollas?

    Aún estupefacta sigo mi periplo, intentando encontrar una web que venda el libro en un formato compatible con mi lector. Acabo en ebooks.com y me llevo el soponcio de la semana: A Dance With Dragons en formato ePub es todavía más caro en esta tienda que en Amazon. Y lo que es peor: es que es más caro que la edición física que vende la FNAC de Callao que está a 10 minutos andando de mi casa. En resumen: de locos. De locos y que no, que yo no pago 25 euros por un maldito archivo, por mucho que me guste Geoge R.R. Martin. Le he comprado comics, relatos, libros de ilustraciones, camisetas… le he comprado de todo a este señor, pero 25€ en un libro electrónico no me gasto.

    Y así, niños, es como se consigue que una persona convencida de comprar un libro de su autor favorito acaba bajándoselo de The Pirate Bay porque una cosa es ser fan y otra muy distinta es ser gilipollas. Ahora a leer.



    Así pintaba la estación de Cercanías del campus de la Universidad Autónoma de Madrid tras el primer día de la selectividad de 2011.

    Trabajar en un campus universitario tiene cosas curiosas. Una de ellas es el masivo peregrinaje de postadolescentes hacia las aulas universitarias en los primeros días de junio. Parece que ya somos bastantes las generaciones de españolitos que hemos pasado por este rito de madurez llamado selectividad y, que yo sepa, no nos han quedado secuelas graves. Pero al ver tantos infantes recorriendo un camino similar al que yo anduve hace algunos años me invita a poner algunas reflexiones por escrito:

  • Estoy a favor de la selectividad. Ya lo estaba incluso antes de hacerla. Es más, incluso estoy a favor de hacerla más dura y de que cada facultad pueda hacer pruebas propias para regular el acceso a las carreras. De hecho (y ahora es cuando me empezáis a pegar palos) pienso que hay una superpoblación en las universidades españolas fruto de la idea de que para ser alguien hay que estudiar una carrera. Aunque sea Historia. NO estoy en contra de los historiadores, pero aceptemos que nuestro país ha generado muchos más licenciados en Geografía e Historia de los que puede emplear. O bien fomentamos la creación de puestos de trabajo para ellos o bien se regula el acceso a este tipo de estudios en función (real) de las demandas laborales del país.
  • La selectividad es una buena prueba de madurez. Es bien sencillo aprobarla y quien lleve unas notas decentes en el instituto lo tiene fácil para elegir la carrera que quiera. Pero es un rito por el que hay que pasar: los chavales que hoy se examinan lo hacen como niños pero, al final de todo este proceso, serán universitarios. Casi serán adultos. Es una especie de (curioso) rito ciudadano que nos hemos montado.
  • ¿Para qué se estudia, para aprender o para aprobar la selectividad? Desgraciadamente, cuando la el medio se convierte en el fin, estamos ante una situación complicada. Se extiende la creencia de que los dos años de bachillerato sirven casi exclusivamente para aprender a aprobar la selectividad y a veces se deja de lado la satisfacción de aprender cosas nuevas, las cosas bonitas que tiene el estudio. ¿Dónde termina el medio (acceder a la universidad) y empieza el fin (aprobar un examen)? Ahí es donde veo uno de los principales errores de este sistema de pruebas de acceso a la universidad.
  • En cualquier caso, una prueba tiene que haber de cualquier modo. Pero, ¿somos capaces de generar jóvenes que no piensen que el único objetivo de estudiar es aprobar un examen? Supongo que es una pregunta que, en principio, tienen que responder los educadores y, a lo mejor en menor medida, los padres. Pero, al fin y al cabo, todos hemos sido estudiantes y sabemos mejor que nadie nuestros aciertos y errores. ¿Tu? ¿Qué piensas?



    AVISO: Esta entrada puede contener trazas de SPOILERS. Su consumo no está recomendado para quienes confunden la literatura fantástica con el género juvenil ni para los lectores de libros de autoayuda.

    Todo llega en esta vida. El episodio piloto de la adaptación televisiva de Canción de Hielo y Fuego no iba a ser menos. Anoche, como gran parte de la comunidad geek del planeta, me reuní con amigos en torno a una mesa plagada de viandas y vino para degustar Winter Is Coming, es decir, las primeras páginas de la más grande novela de fantasía épica (al menos para mi) hechas imagen. He aquí las impresiones se una admiradora, ya no solo de la saga, sino de toda la creación literaria de su autor, George R. R. Martin.

    Así que el verbo se hizo carne mientras los frikis del mundo babeábamos como zombis delante del televisor. ¿El resultado? Bastante espectacular: la ambientación y la caracterización de los intérpretes simplemente no podía ser mejor. El lector, lejos de sentir que Invernalia pintaba distinta en su cabeza, se siente sobrecogido al ver el Bosque de Dioses en el que Ned Stark se retira a solas con su mandoble Hielo; por no mencionar el breve corte de respiración que se siente la primera vez que nos muestran El Muro, tan aterrador y majestuoso como lo habíamos construido en nuestra cabeza.

    El episodio piloto ha sido, parece ser, un plato de felicidad para los que ya habíamos recorrido Westeros desde las páginas de los libros. Simplemente, nuestra imaginación hecha realidad. No parece importarnos saber lo que va a suceder: la delicada ternura entre Ned y Catelyn, el pavor producido por Los Otros, las inseguridades de Jon o la estupidez del precario rey Robert… todo está ahí, igual que en los libros. Los actores parecen haberse empapado de la profundidad psicológica de sus personajes que es, en última instancia, una de las genialidades de esta saga.

    En el capítulo de cosas que no me han acabado de convencer solamente puedo poner, por ahora, la música y Emilia Clarke, la actriz que interpreta a Daenarys, uno de mis personajes favoritos de la saga. Sobre la música simplemente me parece un poquitín de serie B por ahora, pero es cierto que hay mucho tiempo para que mejore. Sobe Dany… cierto es que es un personaje que tarda en arrancar, así que me quejo, pero poco. Tal vez simplemente la actriz esté reflejando el miedo que transmite su personaje en los primeros compases de la saga.

    El Muro: prácticamente, un personaje más de la saga Canción de Hielo y Fuego.

    En resumen, opino que el piloto ha sido un festival para los que conocemos los libros, y un excelente punto de partida para quienes desconocen la historia. He hablado con personas de ambos bandos que lo han visto y todos coincidimos: queremos más. De aquí al 26 de junio podremos disfrutar de 10 capítulos que irán desgranando el primer libro de la saga. Y luego, a por Choque de Reyes. En España Canal + estrenará Juego de Tronos en castellano el 7 de mayo.



    Ahora estoy en bSides



    Uno de los números que menos me gustó de Corteo.

    Llevo muchos años fascinada por Cirque du Soleil. Concretamente, desde que vi Alegría por primera vez, cuando tenía 12 años. Quienes conocen el mundo del espectáculo me dicen que el principal mérito de esta compañía de circo canadiense es hacer lo mismo que se ha hecho siempre, pero con unos medios descomunales. De cualquier modo, el singular flujo de emociones que me produce la música; los extraordinarios payasos que hacen que pases de la risa al llanto en menos de un minuto; los espectaculares acróbatas y el detallista vestuario hacen que rara vez me pierda ninguno de los espectáculos que traen a Madrid.

    Así que con Corteo (hasta el 5 de junio en Madrid y luego de gira por el resto de España) no ha sido menos. Me he gastado una buena cantidad de euros en un espectáculo que creía que me encantaría… y me he llevado un chasco interesante. Desgraciadamente, todo me ha parecido una copia barata de Alegría. Para empezar, los números acrobáticos son, en general, discretos. Salvo unas pocas excepciones, los artistas parecen inexpertos (movimientos tensos y poco fluidos, fallos claros, poca coordinación) y da la impresión de ser una compañía de categoría inferior dentro de Cirque Du Soleil. Por supuesto, hay algunos números impresionantes: el primero de las lámparas-trapecio, el que combina vuelos con camas elásticas y el último de acrobacia. Pero el resto… sosos.

    Pero la gran decepción viene con lo demás: siempre me encantaron los payasos de Cirque Du Soleil. Ni más ni menos, contrataban a los mejores del mundo. En Corteo en vez de payasos hay personajes que hablan (¿para qué? ¡es circo!) y cuentan una historieta francamente aburrida. Y, para colmo, los toques de humor los aportan dos disminuidos físicos (dos enanos). Simplemente no le encuentro mérito y no me hace gracia. Prefiero un payaso que no hable, una transición audiovisual, un baile… lo que sea, salvo eso.

    En resumen: a quien nunca haya visto a Cirque du Soleil, Corteo le encantará. No deja de ser un espectáculo con una factura de calidad, golpes efectistas y mucho dinero dentro. Para los que conozcan la trayectoria de la compañía, es posible que se les quede en una obra menor.



    Ayer cuando vi este trailer por poco me hago caquita de la emoción. La adaptación televisiva de la saga fantástica Canción de Hielo y Fuego puede que sea tan grande como llevan dos años diciéndonos… o más.

    Muchos os preguntaréis qué es eso del Juego de Tronos del que habla todo el mundo. El Juego de Tronos es el juegan los reyes o aspirantes de Westeros para aumentar sus cuotas de poder a costa del de sus familias rivales. El Juego de Tronos es todo el entramado diplomático, conspirativo y militar que estos antihéroes medievales llevan a cabo para sentarse en el trono de hierro y gobernar sobre los habitantes de un continente lleno de magia muerta. Dejemos que Cersei Lannister nos ayude a comprenderlo mejor:

    Cuando se juega al juego de tronos sólo se puede ganar o morir. No hay puntos intermedios.

    ¿Y qué tiene de especial esta saga que no tengan las Crónicas de la Dragonlance u otros similares? Básicamente, su autor, George R.R. Martin (cariñosamente conocido como El Gordo Cabrón): un señor que, a diferencia de muchos de los que escriben novela fantástica estos días, sabe escribir bastante bien y tiene una extraordinaria capacidad para construir personajes, despertar empatía por el mayor de los cabronazos jamás visto o presentar a los héroes como penosos peleles.

    Martin es un tipo inteligente que ha conseguido venderle su saga de siete libros (por ahora el muy desgraciado solamente ha publicado cuatro) a la todopoderosa HBO para que ésta ponga a su disposición un despliegue de medios solo comparable al que puso en marcha para rodar Roma. Y la cosa se estrena el 17 de abril en los Estados Unidos. Ni que decir tiene que la serie va a pegar un pelotazo impresionante, pero hoy son los libros lo que quiero recomendar. Entre otras cosas, porque éstos los he leído y la serie aún no la he catado. Desde que se ha empezado a hablar de la serie ha aumentado drásticamente el número de personas que veo con algún libro de la saga entre las manos en el tren. Buena señal. Voy a dejar de hablar de las maravillas de Jon Snow, Daenarys, los Lannister y las correrías de la Guardia de la Noche más allá del muro y simplemente voy a pegar unas líneas del primer capítulo de Juego de Tronos, el primer libro de la saga. Apuesto a que alguno no puede dejar de leer.

    En aquella mañana fría hubo preguntas y respuestas, pero más adelante Bran no recordaría gran cosa de lo que allí se había dicho. Al final, su señor padre dio una orden, y dos de los guardias arrastraron al hombre harapiento hasta un tocón de tamarindo en el centro de la plaza. Lo obligaron a apoyar la cabeza en la dura madera negra. Lord Stark desmontó y Theon Greyjoy, su pupilo, le llevó la espada. Se llamaba Hielo. Era tan ancha como la mano de un hombre y en posición vertical era incluso más alta que Robb. La hoja era de acero valyriano, forjada con encantamientos y negra como el humo. Nada tenía un filo comparable al acero valyriano.

    Su padre se quitó los guantes y se los tendió a Jory Cassel, el capitán de la guardia de su casa. Blandió a Hielo con ambas manos.

    —En nombre de Robert de la Casa Baratheon, el primero de su nombre, rey de los ándalos y los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino; y por orden de Eddard de la Casa Stark, señor de Invernalia y Guardián del Norte, te sentencio a muerte.

    Alzó el espadón por encima de su cabeza.
    […]
    Su padre le cortó la cabeza al hombre de un golpe, firme y seguro. La sangre, roja como el vino veraniego, salpicó la nieve.
    […]
    —El rey Robert tiene verdugos —dijo Bran, inseguro. No sabía la respuesta.

    —Cierto —admitió su padre—. Igual que los reyes Targaryen, que reinaron antes que él. Pero nuestras costumbres son las antiguas. La sangre de los primeros hombres corre todavía por las venas de los Stark, y creemos que el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada. Si le vas a quitar la vida a un hombre, tienes un deber para con él, y es mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas palabras. Si no soportas eso, quizá es que ese hombre no merece morir.



    et cetera
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