The Lost Dreamer











{5 mayo, 2011}   La Caza de Bin Laden

Hoy en mi blog cuento con un invitado de excepción: Lebonneloup, politólogo, habitual comentarista en este blog, twitero y, sobre todo, un gran amigo mío. Lebonneloup sabe de terrorismo mucho más que yo y se ha animado a escribir un extenso e interesante artículo sobre los acontecimientos de los últimos días en el panorama internacional. Es un poco largo, pero de lectura obligada para quien quiera tener una opinión completa sobre el asesinato de Bin Laden. Disfrutadlo.

Hace tiempo que tengo claro que, ante estas cosas, más vale tener un poquito de paciencia, porque en días sucesivos comenzarán a clarificarse algo más las cosas, se irán sabiendo otras, y con cuanta más información, mejores análisis pueden hacerse. Ya desde el minuto uno se produjeron meteduras de pata de envergadura, quiero pensar propias de las prisas, como la del diario El País, colocando en Afganistán un mar inexistente desde que la geografía es tal cosa, o el espantoso ridículo la de la RAI o la Tele5 italiana hablando del cadáver de “Obama”. Sea como fuere, uno no deja de pecar de inocente sabiendo de antemano que la catarata de informaciones y, lo que a veces es peor, opiniones, va a venir en forma de maremoto, y al final no hay modo de resistirse y acabamos diciendo algo, asi que vamos a ello.

En primer lugar vaya la advertencia. Por mucho que en los siguientes días lleguen comunicados oficiales, doy por sentado que buena parte de todo este asunto caerá bajo una etiqueta de seguridad nacional de uno u otro nivel y que tardaremos décadas en llegar a la información total. Confiemos en que al menos, todos los documentos tengan una fecha finita en su nivel de secreto. De modo que a partir de aquí cualquier cosa que se diga debe hacerse con un pie asentado sobre arenas movedizas y un cierto margen de duda. No se trata de espíritu conspiranoide: es la simple asunción experimentada de que en estos asuntos la luz no lo alumbra todo y el taquígrafo no se entera de alguna parte, y al final o nos contentamos con la historia oficial o damos pábulo a la que no lo es, por cuyo poco riguroso filtro se nos suelen colar historias calenturientas entremezcladas con otras que, a veces, resultan más creíbles y sostenibles como basamento de una duda más que razonable.

La primera reacción a la noticia a uno le llega por las tripas y no puede evitar una cierta satisfacción. Ha desaparecido el promotor de la nebulosa de Al Qaeda, el gran financiero del terrorismo internacional de los últimos casi veinte años, el gran icono aglutinador del radicalismo salafista, el agitador de la muerte, el último referente ideológico de un movimiento que ha dejado miles de muertos alrededor del mundo. Aborrezco el odio que ha diseminado. Aborrezco su integrismo. Aborrezco su visión rigorista de su propia religión y su estrecha y maniquea concepción del mundo. Lo aborrezco a él como he aborrecido, desde que tuve conocimiento de ellos, a todos los Torquemada del mundo, y a los Pinochet, a los Stalin, a los Pol Pot, a los Mussolini, a los Franco, a los Videla, a los Millán Astray y un largo etcétera que si continuo no le veo final. No me sirven las justificaciones basadas en certezas sobre la opresión de los pueblos musulmanes en determinados lugares del mundo. No me sirve la excusa de la pobreza que empuja a los desesperados a abrazar al rigorismo y lanzarse al martirio. Hitler también tenía razones palpables e innegables cuando vomitaba sobre el infame Tratado de Versalles, y eso jamás sirvió, a la postre, para que nadie le justificase ni lamentase su desaparición. Muchos quizá lamentaron que el infame tirano austriaco se quitase la vida y obligase a llevar la guerra hasta la mismísima vertical del búnker en que se escondía, otros tantos (quizá millones, a saber) hubiesen seguido vivos si de alguna forma le hubiesen parado los pies tiempo antes. Sé que esto es terreno muy pantanoso, pero recuerden, he dicho que hablaba con las tripas. Ningún dilema moral.
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{25 noviembre, 2010}   A la puta calle

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