The Lost Dreamer











Hace cosa de un mes, en un arranque de melancolía y gafapastismo supremo, se me dio por poner en este blog un capítulo de el archiconocido libro de Antoine de Saint-Exupéry, El Principito. La cosa tiene gracia porque nunca ha acabado de gustarme este texto. Siempre me pareció demasiado cursi y, voy a ser sincera, el personaje del Principito nunca acabó de caerme bien.

¿Por qué?, os preguntaréis a coro, si El Principito es la culminación del amor y la ternura. Tiene todas las cualidades exigibles a una buena persona: es un niño, rubito, noble, es sensible, capaz de amar, amigo de sus amigos. ¡Es la encarnación de la inocencia y los mejores valores de la Humanidad!

Y yo os respondo Y UN HUEVO DE PATO. Recapitulemos: tenemos a un puto niñato que vive con su novia (sí, la florecita de marras), a la que encima encierra en una campana ‘para que no le pase nada’. Un día riñen y el niñato, en vez de solucionar las cosas como haría cualquier adulto, se larga y deja a la novia plantada (literalmente). Se larga y empieza a hacer amigos: que si el zorrito, que si el cazador, que si al aviador. Todos con un denominador común: como el niñato es tan buena persona, le quieren muchísimo. Pero claro, después de hacerse querer, el niñato se tiene que ir porque, después de conocer a otras chicas y dejarles bien claro que no valen ni la ropa que visten, le entra morriña de su novia. Para volver con ella tiene que dejar abandonado al zorro, que le adora y el pobre aviador tiene que presenciar la muerte de un niño a manos de una serpiente.

Vaya, que buena gente el Principito, ¿eh? Se cabrea con la novia y la mejor forma de reconciliarse con ella es darse un voltio y joder unas cuantas vidas. No, en serio, no me gusta el estilo de este niñato, nunca me ha gustado. Hace algún tiempo alguien me dijo que me domesticaría como al zorrito. No funcionó y al final la que se jodió fui yo. Siempre me dio mucha pena el zorrito. No tenía ninguna necesidad de ese niño y, aún así, no pudo evitar decirle ‘Domestícame’.

Anuncios


Fue entonces que apareció el zorro:

– Buen día – dijo el zorro.

– Buen día – respondió cortésmente el principito, que se dio vuelta pero no vio a nadie.

– Estoy aquí – dijo la voz –, bajo el manzano…

– ¿Quién eres? – dijo el principito. – Eres muy bonito…

– Soy un zorro – dijo el zorro.

– Ven a jugar conmigo – le propuso el principito. – Estoy tan triste…

– No puedo jugar contigo – dijo el zorro. – No estoy domesticado.

– Ah! perdón – dijo el principito.

Pero, después de reflexionar, agregó:

– ¿Qué significa domesticar?

– No eres de aquí – dijo el zorro –, qué buscas ?

– Busco a los hombres – dijo el principito. – Qué significa “domesticar” ?

– Los hombres – dijo el zorro – tienen fusiles y cazan. Es bien molesto ! También crían gallinas. Es su único interés. Buscas gallinas ?

– No – dijo el principito. – Busco amigos. ¿Qué significa domesticar?

– Es algo demasiado olvidado – dijo el zorro. – Significa crear lazos…

– ¿Crear lazos?

– Claro – dijo el zorro. – Todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…

[…]

– Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas, los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen, y todos los hombres se parecen. Me aburro, pues, un poco. Pero, si me domesticas, mi vida resultará como iluminada. Conoceré un ruido de pasos que será diferente de todos los demás. Los otros pasos me hacen volver bajo tierra. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves, allá lejos, los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mí es inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada. ¡Y eso es triste! Pero tú tienes cabellos color de oro. ¡Entonces será maravilloso cuando me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, me hará recordarte. Y me agradará el ruido del viento en el trigo…

El zorro se calló y miró largamente al principito:

Por favor… ¡domestícame! – dijo.

[…]

Así el principito domesticó al zorro. Y cuando se aproximó la hora de la partida:

– ¡Ah! – dijo el zorro… – Voy a llorar.

Es tu culpa – dijo el principito -, yo no te deseaba ningún mal pero tú quisiste que te domesticara.

– Claro – dijo el zorro.

– ¡Pero vas a llorar! – dijo el principito.

– Claro – dijo el zorro.

– ¡Entonces no ganas nada!

Sí gano –dijo el zorro – a causa del color del trigo.

Extraído del capítulo 21 de El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry.



et cetera
A %d blogueros les gusta esto: