The Lost Dreamer











Una puesta de sol que se apañó este invierno y que cacé saliendo de mi curro una tarde de enero.

Llegan esos últimos días del invierno en los que no sabes muy bien qué ropa ponerte todavía. Un día parece que el abrigo te sobra y otro estás dándole caña al radiador de casa como si fuera el fin del mundo. Y claro, se nos revolucionan los comeflores. Para ellos la primavera es la culminación de la creación. Tres meses mágicos en los que nada puede salir mal, en los que el mundo está bien solamente porque los árboles florecen y los pajaritos cantan.

Por ello se pasan todo el otoño y el invierno anhelando sus días dorados. El resto del año parece no servir más que para esperar a que llegue la primavera. Para llamarla y luego poder decir que si ha venido ha sido por su insistencia. Amiguitos, voy a deciros una cosa: la primavera llegará el 21 de marzo. Ni un día antes ni un día después. Hasta entonces aún estamos en invierno y nos toca disfrutar de las puestas de sol rápidas, la luz parece mortecina y los árboles peladitos peladitos.

Pero el invierno también es capaz de grandes cosas: puestas de sol como la que pillé a la salida de mi curro una tarde de enero, la delicada perfección de la escarcha sobre el césped por el que pasas a diario, la hipnótica caída de los copos de nieve o la maravillosa sensación que da hacerse una bolita debajo del edredón nórdico un domingo por la mañana. Nenes, la primavera mola, pero el invierno tampoco está tan mal. Y a lo mejor seríais un poquito más felices si, en vez de pasaros las semanas anhelando la próxima estación, disfrutarais un poquito de la presente. Ya sabéis, tratar de ser felices con el día que nos ha tocado vivir y esas cosas. Y si hoy llueve, ¿qué tiene de malo? Hacer que el día merezca la pena está, en gran parte, en tu mano.



et cetera
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