The Lost Dreamer











{20 febrero, 2012}   Crónica: Nada Surf en La Riviera

Matthew Caws y Ira Elliot durante un tema en La Riviera.

Van dos newyorkinos y un madrileño y montan un grupo de música. El chiste dura ya 20 años y ha dado para 7 discos y el pasado sábado estos tres (ya no tan) jovencitos llenaron La Riviera de Madrid hasta la bandera palmera demostrando que son, sin duda, un grupo del panorama indie muy querido por el público español. Es posible que este milagro también se debiera más al reducido precio de la entrada (escasos 20 euros) que a la calidad de su último trabajo, The Stars Are Indifferent To Astronomy.

Nada Surf nos ofrecieron una actuación de hora y media de muy buena ejecución. No obstante, el concierto distó mucho de ser perfecto: el principal lastre fue el ya citado último trabajo de la banda, que no está ni de lejos a la altura de ninguno de los anteriores, y que lució poco en directo. Nada Surf es una banda de corte algo melancólico y hasta tierno en disco, pero con un intenso componente guitarrero en el directo. Da la impresión de que hubieran tratado de trasladar lo que hacen sobre el escenario a su último álbum pero, lamentablemente, les ha quedado algo demasiado común y soso.

Daniel Llorca, el bajista madrileño de Nada Surf

Así que la cosa empezó mal, con Clear Eye Clouded Mind sonando rematadamente mal (algún gallo se escuchó por ahí, incluso), aunque los desajustes sonoros se arreglaron antes de la tercera canción. En general, se palpaba el abismo entre los temas nuevos y los viejos, que eran más vibrantes.

Si la primera hora de concierto fue correcta, lo mejor llegó al final: la acertada versión del Evolucion de Mercromina (casi lo único que se puede salvar de su disco de versiones) dio paso a la parte final del recital, dominada por los grandes clásicos de la banda. See These Bones sonó sencillamente preciosa, y dio paso a unos bises en los que el público coreó a todo pulmón el Always Love que siempre quedará como uno de sus temas más populares; y el pegadizo estribillo de The Blackest Year. Muy sorprendente fue que los bises incluyeran Blonde on Blonde, uno de sus temas más alternativos y celebrados de su primera época que, lamentablemente, quedó algo deslucido por el desproporcionado volumen al que se encontraban algunos instrumentos.

En resumen, Nada Surf llegaron al notable, pero les faltó algo de frescura para ser aquella banda que hace un par de años sacaba a bailar sobre el escenario a sus fans durante las últimas canciones en la Joy Eslava. No es el éxito, ni que la sala les quedara grande: tal vez sencillamente no estaban tan inspirados. En cualquier caso, el speech de Daniel Llorca exhortando a la audiencia a descargar lo que le dé la gana porque lo que a ellos les importa es ver sus conciertos llenos, mereció bastante la pena. Lamentablemente, Spotify no cuenta con la discografía completa de Nada Surf, de modo que hoy solamente puedo ofrecer una versión parcial del setlist.



Maja Ivarsson durante la actuación de The Sounds en La Riviera de Madrid. Esta vez la foto es mía :)

Se puede decir que cuando se trata de The Sounds mi objetividad está en entredicho. Por motivos personales, sus dos últimos discos han estado muy presentes en dos momentos muy delicados de mi vida y significan bastante para mi. Es por ello que no pierdo oportunidad de verlos en directo, aunque hasta el pasado viernes nunca había logrado pillarles un concierto en solitario. Por fin fue en la gira europea de su Something To Die For dónde he podido verlos en una Riviera que no estaba ni medio llena (tal vez 28 eran demasiados euros, teniendo en cuenta que siguen siendo un grupo bastante alejado de las radiofórmulas).

El espectáculo que llevan los suecos para esta gira comienza con The Limousines como teloneros, ejerciendo su papel con solvencia, sobre todo porque su música tiene bastante que ver con la de The Sounds. Después, en algo que me pareció una buena idea, los DJs Kids At The Bar amenizó la media hora que llevó poner a punto el escenario con una intensa sesión de música de baile que tuvo, como única pega, ser ejecutada a las 8 de la tarde y no a las 3 de la madrugada.

Maja Ivarsson y Félix Rodriguez en los últimos momentos de la actuación

El grupo liderado por Maja Ivarsson saltó al escenario con los primeros temas de su último trabajo y algo de inseguridad. Dance With The Devil no se escuchó demasiado bien, pero bastaron 5 minutos para que el grupo se pusiera en forma y encarrilaran una actuación muy superior a la que me esperaba (aunque son uno de mis grupos favoritos me esperaba un concierto bastante soso a la vista de sus últimos setlists y vídeos). Por supuesto, Something To Die For centró el setlist del concierto, pero su (hasta ahora) disco más redondo y exitoso, Dying To Say This To You, acaparó algunos de los mejores momentos de la noche.

De este modo, mezclando sus temas más gamberros como Hurt You o Dance With Me con los más electrónicos como Yeah Yeah Yeah (muchísimo mejor en directo que en estudio) o Better Off Dead, The Sounds fueron hilando una actuación muy divertida y que mantuvo la atención de la audiencia durante toda su ejecución. Ya digo que bastó canción y media para que todo sonara correctamente y el grupo se sintiera a gusto con el escenario y con el público. La abrumadora presencia de la Ivarsson hizo el resto para que la entrada mereciera la pena.

En mi opinión los mejores momentos del concierto vinieron con los dos únicos temas de Crossing The Rubicon con los que nos deleitaron: No One Sleeps When I’m Awake y, sobre todo, Dorchester Hotel, en mi opinión la mejor canción de la noche, como una exagerada explosión popera antes de los bises. Como siempre, el setlist completo convertido en lista de Spotify está aquí.

En resumen, The Sounds lo hicieron mucho mejor de lo que esperaba (su actuación en el DCode no me convenció demasiado), y deleitaron a una audiencia variopinta que no paró de bailar durante hora y media. Sobre el tema del público me gustaría remarcar (porque me sorprendió bastante) la presencia de gente de diversos rangos de edad, incluyendo un barbudo señor con aspecto de profesor de universidad que coreó y bailó absolutamente todos los temas del concierto con una cara de felicidad a mar de entrañable. La demostración de que se puede disfrutar de la música en directo sin alcohol ni drogas.



Alex Turner, el vocalista de Arctic Monkeys en el Palacio de los deportes. Tomada de http://www.abc.com.py/nota/los-artic-monkeys-sacuden-a-madrid-pensando-en-sudamerica/

Vaya por delante que Arctic Monkeys no es uno de mis grupos de cabecera y que Miles Kane me parecía bastante soso hasta hace 24 horas. Compré la entrada para este concierto en gran parte para acompañar a un amigo, pero también porque Suck It And See me parece uno de los mejores discos de 2011. Bendita la hora, porque por nada del mundo me habría perdido el concierto de anoche.

La cosa empezó bien: he visto y oído a varios grupos de moda (me viene a la cabeza uno que empieza por A y acaba por rcade Fire) sonar en este recinto mucho peor de lo que lo hizo el telonero, Miles Kane. Sus 40 minutos sobre el escenario tuvieron lo que yo no había sabido encontrarle a su disco: fuerza, garra y mucha diversión. La verdad es que en su estilo (británico, heredero de Oasis y Blur), Kane bordó su papel con, además, una calidad de sonido muy por encima de lo que viene siendo habitual en el mundo de los teloneros.

Este primer derroche de calidad no fue más que un anticipo de los 80 minutos que estaban por venir. Los de Alex Turner saltaron al escenario con una fuerza inusitada, arrasando con Don’t Sit Down ‘Cause I’ve Moved Your Chair como si llevaran ya media hora de concierto. Lo que es importante destacar de esta actuación, puesto que no es habitual, es que el sonido fue impecable desde el primer acorde, sin necesitar apenas ajustes y con un reparto entre la voz y los instrumentos magnífico. Esto ayudó a que el vocalista Alex Turner, que a mi en los discos no me dice nada en especial, se convirtiera en el elemento dominante en cada uno de los temas, ejerciendo un terrible magnetismo sobre el público (ese tupé y esos musculosos brazos seguro que no tuvieron nada que ver, ¿verdad, chicas?).

The Hellcat Spangled Shalalala, Black Treacle… es increíble, pero cada una sonaba más enérgica, más divertida que la anterior. En este asunto el extraordinario trabajo del batería, Matt Helders, debió tener algo que ver. Aunque antes de los bises el ritmo de la actuación se había estancado un pelín, el grupo tuvo la sabiduría de no hinchar el setlist en exceso, prefiriendo mantener una elevada calidad durante toda la actuación a alargarla innecesariamente con canciones anodinas. Al final, 20 canciones en las que la banda no desfalleció ni un solo momento para acabar la actuación con 505, acompañados por su amigo Kane a la guitarra.

Lo de anoche fue, sin lugar a dudas, un concierto memorable: redondo, divertido y con una acústica impecable. Lo que viene a demostrar que, quien quiere sonar bien en el Palacio de los Deportes, suena bien. Por supuesto, como siempre (que puedo), comparto la lista de Spotify que me he hecho con el setlist completo de la actuación.



{24 enero, 2012}   Nueva dirección del blog

Aviso a navegantes y suscriptores: este blog se hace un poquito más grande y se traslada a http://www.thelostdreamer.com. No me tomo la libertad de usar las direcciones de correo electrónico de las personas que estén suscritas para el nuevo blog, sino que quien quiera seguir recibiendo mis posts deberá suscribirse de nuevo. Las explicaciones del cambio están aquí. Espero que mi nuevo hogar sea de vuestro agrado. Muchas gracias a todos por leer y comentar.



Hoy ya a nadie le es ajena la historia de la madre coraje valenciana que mediante una colecta ha conseguido 7000 euros que permitirán al (infame) Centro de Investigación Príncipe Felipe (llegará un día en el que algún centro de investigación español se haga célebre por la ciencia que produzca y no por un ERE?) readmitir a la científica que investigaba la cura para la enfermedad de su hija. Muchas personas se han ofrecido para dar algo de dinero a esta iniciativa, que pretente conseguir 25000 euros para que se pueda completar la investigación.

Curiosamente todo esto coincide en el tiempo con la iniciativa #casillaCiencia, una petición de Actuable promovida por un científico español que pide lo siguiente:

¡Exige una casilla en tu declaración de la renta para poder dedicar un 0,7% de tus impuestos a la consecución de un mundo mejor!

La iniciativa lleva 10 días en marcha y parece estar siendo todo un éxito. Pues bien, tengo algo que decir sobre estas dos historias: NO ME GUSTAN.

Por supuesto, es muy loable el esfuerzo de la madre valenciana y la historia es enternecedora. Como anécdota está bien, pero como nada más. Ambas historias dan a entender una cosa: que la financiación de la actividad investigadora está abocada a hacerse con migajas, con limosna pura y dura, en lugar de con los presupuestos del Estado y de las grandes empresas, que es como está mandado.

Y no, no es de recibo poner una casilla para la Ciencia en la declaración de la renta. De hecho, nunca he comprendido que destinar el 0,7% de nuestros impuestos a la ayuda al desarrollo sea optativo. Me parece bien que haya una casilla así para la Iglesia Católica, igual que debería haberla para las demás religiones practicadas en España. Pero la ayuda el desarrollo y la investigación no se pueden sufragar con limosnas, una casilla opcional no vale. ¿Nos parecería bien habilitar una casilla para financiar la sanidad pública? ¿No, verdad? Pues tan obligación es para el Estado la sanidad como los grandes programas de Ciencia.

Por último, no quiero cerrar el post sin hacer una reflexión sobre la gente que se anima a poner algo de dinero en una colecta para la Ciencia pero que se queja de que le suban los impuestos, hace todo lo posible por evadirlos, considera inservible un Ministerio de Ciencia e Innovación (conozco a algún científico que defenestraba dicho ministerio solamente porque pensaba que ellos habrían sido mejores ministros que la Garmendia) o no apoya marcas y empresas comprometidas con el I+D. La Ciencia se financia con nuestros impuestos y con las empresas innovadoras. Es a ellos a quienes se debe apoyar para que los centros de investigación de este país dejen de hacerse célebres por sus recortes de plantilla.



Empezaron tarde y acabaron pronto, cosa que normalmente me habría enfurecido. Pero no puedo negar que ante la extraña idea de programar su actuación para un lunes, estar fuera de la Joy a las 22:45 fue más liberador que otra cosa. Dentro, The Pains Of Being Pure At Heart ofrecieron hora y cuarto de recital con una solvencia razonable.

Empezaron algo sosos, pero pronto fueron cogiendo tono con los temas de su último álbum, Belong. Como está claro que las voces no son el fuerte del grupo (hubo algunos temas en los que la voz de Kip simplemente no dio ni una nota a derechas), se centraron en lo que se les da bien: el guitarreo. Fui al concierto con alguien que salió desconcertado ante la diferencia entre los dos trabajos de estudio de la banda y su (cada vez más) atronador directo. Para la tercera canción, Heart in your heartbreak, el sonido estaba ya perfectamente adaptado en la sala y los Pains se instalaron en un cómodo y estable ritmo que mantuvo a la audiencia entretenida durante la hora restante.

Esto no quiere decir que estemos ante unos virtuosos de la guitarra, pero en las veces que les he visto (esta es la tercera) se les aprecia una sana evolución a la hora de plasmar en directo sus canciones. En el concierto de anoche consiguieron imprimirles energía y garra, imprescindibles para suplir las otras carencias de la formación.

Una actuación plagada, sorprendentemente, de caras B y con un final como el de su último trabajo: Strange, un tema íntimo, muy dulce y esperanzador que se convirtió en un estallido eléctrico (aunque algo monótono) que nos dejó como cuando la escuchamos en el estudio: satisfechos y con ganas de saber qué vendrá después. A los Pains solamente les hace falta que su vocalista aprenda a mantener su voz en condiciones a lo largo de una actuación completa y, sobre todo, empezar a componer canciones algo diferentes, puesto que anoche en el barullo guitarrero todas parecían bastante iguales.



{22 diciembre, 2011}   Mi secreto para no odiar la Navidad

Muchos se esperarán una entrada llena de mordaces e hirientes comentarios muy propios, no lo voy a negar, de mi sarcástico carácter. Pero no. Lo digo en serio. Yo confieso que no odio la Navidad. ¿Cómo es eso posible, si soy una atea que se pasa el día metiéndose con todo el mundo? No ha sido sencillo: hubo un tiempo en el que yo también odié la Navidad. Por eso voy a intentar explicar qué hago para que no sea el mal trago del que todo el mundo se queja:

La familia que anuncia el cupón de Navidad de la ONCE lo tiene más fácil: ellos toman drogas en Nochebuena.

  • En primer lugar, he de admitir que mi familia es pequeña. Y no, no es que mi abuela tuviera pocos hijos o que murieran en masa. No. Es que nosotros todos los malos rollos navideños y familiares ya los hemos pasado. Ahora mi familia es muy pequeñita y se reduce sola y exclusivamente a las personas que quiero de verdad. En Nochebuena ceno solamente con mi madre y con mi tía, que son las personas con las que como los sábados. No necesito a nadie más, no hay malos rollos: solamente nos queremos y disfrutamos sinceramente de estos días. Obviamente mi familia es un poquito más que eso (no mucho: mi padre, un par de primos y poco más), pero el secreto está en que yo controlo cuándo y cuanto los veo: lo justo para estar a gusto con ellos, pero sin cargar. Es lo bueno de las familias desestructuradas: que puedes jugar a los LEGO con sus miembros.
  • Evitamos poner la tele. Últimamente se me ocurrió poner vídeos de Gila en Youtube mientras cenábamos. Fue todo un éxito: nos reímos con el maestro en vez de aguantar los programas insufribles de la televisión (ojo, además estos programas suelen tender a generar conversaciones desagradables y conflictivas). En general, o ponemos música o vemos algo que nos guste y nos divierta: ese es el asunto, hacer lo que nos guste.
  • La comida no es un martirio: es un disfrute. Estos días están para comer lo que nos gusta, ni más ni menos. No hay que pasarse días enteros en la cocina, solo hay que disfrutar. Por ejemplo, en casa hay tres cosas estúpidas que nos encantan: la torta del casar, el jamón ibérico y el salmón. Para Nochebuena, que además es el cumpleaños de mi madre, cogemos un poquito de cada (de calidad, ¿eh?) y ya tenemos media cena apañada sin necesidad de dejar la cocina como Sarajevo. En serio, se puede cenar de puta madre sin matarse: ¿que lo que más te gusta en el mundo son los huevos fritos con morcilla? ¡Joder, pues hacedlos! Si la Navidad está para estar bien y contento…
  • Los regalos: aquí viene otro tema espinoso. De nuevo, como mi familia es pequeñita, puedo darme el gustazo de elegir buenos regalos para cada uno de sus miembros, en vez de tener que comprar decenas de mierdecillas. Me gusta hacer regalos que sé que van a hacer ilusión a la gente y suelo elegir con esmero mis regalos navideños. Es un esfuerzo, pero merece la pena cuando le estás dando una pequeña alegría a las personas que más te quieren en el mundo. Creo que todo este proceso solamente se disfruta si realmente a uno le hace feliz currarse un regalito para otra persona.
  • Las pequeñas tradiciones: todas las familias tienen sus códigos, sus guiños, sus costumbres. Pero estas costumbres son un coñazo si no nos gustan: hay que encontrar rutinas, tradiciones que nos hagan felices a todos. Un postre, un villancico, el concierto de año nuevo, el discurso del rey… cualquier cosa puede constituir un momento precioso en el que sencillamente estés a gusto con los tuyos haciendo algo que a todos os guste.
  • Lo sé. Me vais a decir que vivo en los mundos de Yupi. Sé que no todo el mundo puede hacer estas cosas que digo: hay quien tiene que aguantar suegras inaguantables, padres bordes y sobrinos capullos. A esos poco os puedo decir salvo que intentéis encontrar las cosas buenas, porque la Navidad está ahí, y nadie va a libraros de ella. Al menos, en la medida de tus posibilidades, trata de hacerla lo más llevadera posible. Y si no, siempre puedes emborracharte.



    {21 diciembre, 2011}   Por qué dejo Ubuntu

    Ubuntu es un sistema operativo Linux que busca ser gratuito, libre y utilizable sin necesidad de tener conocimientos previos de Unix. No en vano, su lema siempre ha sido Linux para seres humanos. Hace algo más de dos años que lo uso habitualmente porque siempre me he sentido muy de acuerdo con la filosofía de que un sistema operativo básico para un hogar debería poder ser gratuito y de calidad. En este tiempo siempre he intentado promocionar dicha filosofía entre mis conocidos.

    En mi viejo Pentium 4 Ubuntu corrió como la seda, pero mi nivel de exigencia no era demasiado elevado. Cuando me hice con un ordenador nuevo pronto me di cuenta de que el software para Linux, cuando tienes unos horizontes mínimamente serios, deja bastante que desear. Además, Ubuntu no acababa de llevarse bien con mi nuevo PC.

    Cuando el pasado mes de octubre actualicé a la nueva versión de Ubuntu (11.10), todo se fue a la mierda definitivamente: tenía que arrancar el ordenador varias veces para que los discos duros entraran, VLC dejó de funcionar, mi librería de sonido se fue al carajo y las actualizaciones dejaron de funcionar. Llegados a este punto tenía tres opciones:

  • Buscar en Google hasta la extenuación, dar con la solución a mis problemas, abrir el terminal y meter comandos al buen tuntún y arreglarlo. Sé programar y si me diera la gana podría aprender a usar la línea de comandos de Linux. El caso es que no me apetece usar mi tiempo libre en eso.
  • Formatear la partición y reinstalar. Ojo que el sistema operativo lleva desde mayo instalado y el ordenador está nuevo.
  • Mandar Ubuntu a tomar por culo y pasarme a Windows 7, que al menos el sonido funciona sin problemas.
  • Así que puse varias cosas encima de la mesa:

  • En el último año y medio cada nueva versión ha funcionado peor que la anterior.
  • La ayuda no suele ser fácil de encontrar y está copada, en general, por una comunidad que desprecia a quienes queremos usar Linux sin comandos. Arreglar un error fortuito acaba siendo un dolor de huevos.
  • Salvo honrosas excepciones (como Banshee), el software libre compatible con Linux es cutrillo. Puedes customizarlo y mejorarlo… si te apetece pasar tardes picando código.
  • El afán por introducir cambios e innovaciones en cada versión (salen cada 6 meses, lo cual me parece poquísimo) hace que algunas novedades sean inestables y, a cambio, retrasan la solución de problemas más serios (como el endémico con las tarjetas de sonido).
  • Un usuario medio (como mi madre) no puede usarlo sin ayuda, de modo no cumple con su cometido. Al final solamente pueden disfrutarlo correctamente quienes ya tienen conocimientos previos de Linux.
  • Es por esto que elijo quedarme con Windows 7 hasta que la situación cambie o yo tenga dinero para comprarme un iMac. Lo siento por el proyecto, porque realmente me gustaba bastante.



    No acabo de comprender qué le ha dado exactamente a los medios de comunicación con esta banda. Tienen algunas buenas canciones, no lo vamos a negar, pero sus dos discos tienen una cosa en común: tres temas pegadizos y una gran dosis de composiciones monótonas y aburridamente tristes. No obstante, arrasan. Tanto como para llenar cinco veces en un mes La Riviera de Madrid, haciendo que gente como yo, que ya los había visto, les de una tibia segunda oportunidad.

    Ya lo conté en verano: su directo me decía lo mismo que sus discos. O sea, tirando a poco. Y es que esas actitudes pretenciosas, dando a entender que la vida es una mierda pero que ya están ellos para aguantarlo por nosotros, me tocan un poquito la moral. Cierto, los vi más sólidos que en el Día de la Música, pero es que tampoco era tan difícil.

    Un arranque comedido, con Los Días Raros, que dio paso a algunos de sus grandes hits puso los primeros cimientos de la actuación. Hasta Copenhague todo fue bien: intenso, potente y lo suficientemente entretenido como para no pensar en el partido de fútbol que me estaba perdiendo. Pero los de Tres Cantos no tienen tantas canciones como para mantener ese nivel y a partir de entonces la cosa empezó a decaer. Con Baldosas Amarillas (¿puede haber una canción que sea a la vez tan aburrida y pretenciosa?) yo ya me debatía entre el bostezo y mirar constantemente el móvil a ver si marcaba el Barça.

    Valiente y Maldita Dulzura hicieron un poco de salvavidas en este mar de deprimido aburrimiento, pero no fue hasta los bises que Lo que te hace grande, Sálvese quien pueda y La cuadratura del círculo me volvieron a despertar el interés por la actuación. No obstante, estamos en las mismas que cuando los vi en julio: mucha percusión, mucho ‘ay Dios mío, que buenos somos’, pero de música… escasitos.

    Para mi ha sido una lástima, porque a pesar de que ya me habían decepcionado, iba a verlos con cierta ilusión, habiendo leído que su directo había mejorado (cosa que es cierta, pero no lo suficiente). Así que aquí sigo, con mis bostezos y mi estupefacción ante el rotundo éxito de esta gente en detrimento de otros grupos españoles que se merecen tanto o más una acogida así. Bueno, con eso y con los tres goles que le metió mi Barça al Madrid.



    {30 noviembre, 2011}   Beatriz y los cuerpos celestes

    Ayer terminé de leer un libro que ha marcado a buena parte de mi generación. Especialmente a las chicas. Y, sobre todo, a todas aquellas que a los 17 se dieron cuenta de que sus fantasías sexuales se veían pobladas intensivamente por seres de su mismo sexo. Ayer acabé de leerme (sí, por primea vez a los veintitantos años) Beatriz y los cuerpos celestes, de Lucía Etxeberría.

    Sabía que en algún momento tendría que leerlo, especialmente porque parece fundamental para comprender la dramática psique de la mayoría de lesbianas de mi edad. Nunca había leído nada de la Etxeberría, aunque las excentricidades de dicho personaje siempre me han producido un ligero rechazo. Curiosamente, a pesar de que la novela no me ha gustado nada, ella se ha ganado mi aprecio, sobre todo porque escribe bastante bien.

    No me es ajeno que Beatriz… es una obra de juventud: es decir, no solo es una de las primeras novelas de su autora, sino que se disfruta mucho más cuando se lee antes de cumplir los 20. Porque si no las desventuras depresivas y alcoholicas de la protagonista y su amor platónico tienden a sonarte a cuento chino. Ojo, a partir de aquí SPOILERS.

    Al principio la historia no me disgustó: aunque algo falta de ritmo, las andanzas de la protagonista por Edimburgo y los datos sobre su (absolutamente normal) relación con su novia parecen bien mezclados con su regreso a casa. Pero al final de la primera estapa del libro se produce el primer giro engañoso: sin que nadie nos avise, sin que la protagonista en su monólogo interior haya dicho nada (omisión de información básica con el único objetivo de sorprender ya en la página 80), estamos ante una historia de pijos drogadictos. No tiene sentido la sorpresa que nos produce la revelación de que Mónica haya terminado en una clínica de rehabilitación: Bea, con lo que ha vivido con ella (toda la historieta relatada en la segunda parte del texto apunta inequívocamente a ese final), lo sabe perfectamente. Lo que pasa es que no nos lo dice. Lo cual me parece un recurso pobre para añadir emoción a una historia que no la tiene.

    El resto es muy aburrido. Una repetitiva historia de adolescentes deprimidos, que se llevan mal con sus padres y que juegan al trapicheo por el Madrid de los 90 para compensar sus carencias afectivas. Y, por supuesto, un amor lésbico no correspondido. Vamos, la historia de cualquier adolescente pero llevada hasta límites ridículos, con absurdos intentos de violación cads diez páginas y extensas justificaciones para explicar el estúpido comportamiento de sus protagonistas. Etxeberría se empeña en explicarnos punto por punto, detalle por detalle, putada por putada, lo malos que son los padres de estas chicas. A mi para estas cosas con un par de pinceladas me suele bastar (tal y como hace con el personaje de Cat, hábilmente desdibujado durante toda la novela), de modo que las broncas de Bea con su madre me aburren soberanamente.

    Al final la historia de los adolescentes drogadictos acaba como el rosario de la aurora y encima viene sazonada con reflexiones sobre lo pequeños que somos en el Universo y el fondo cósmico de microondas (WTF?) que no vienen a cuento (es más, quedan ridículas). A mi lo único que me interesó del libro fue lo que pasaba en Edimburgo: me parecía lo único relativamente creíble, a pesar de la inverosímil falta de habilidades sociales de la Bea de marras.

    Supongo que al final tiendo a verlo como un libro que antes o después tenía que leer, a pesar de que no sea para nada de mi estilo. Puede que si lo hubiera leído a los 18 (la edad de la protagonista durante buena parte de la historia) hubiera empatizado un poco más con esa forma dramática y pomposa de ver la propia vida. Pero esto no significa que no le vaya a dar más oportunidades a Lucía Etxeberría en el futuro.



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